Tus recuerdos me atormentan. Son tempestad en mi calma, nunca hay sosiego. No recibo de ti más que lamentos. ¡Cómo pesan los recuerdos! Lamento decirte que debemos romper este pacto. Tú no cumples tu parte, no te olvidas de lo que haces y eso me está destrozando. Jamás pensé que yo algún día podría intentar huir de esta manera. Pero, no me has dejado otra opción. Eres maravillosa, preciosa, me sorprendes diariamente con tus idas y venidas, estás ahí cuando quiero y cuando no quiero, cuando necesito y no necesito. Aunque creo que es evidente el porqué de mi elección, siento que debo darte alguna explicación. No desesperes, aquí la traigo, debajo de mi manga me saco mis mil y una escusas.
La primera es la vergüenza. ¿Recuerdas aquella vez en la que le vimos? Mi condenada estupidez humana. ¿Recuerdas esos momentos que deberían quedar en el olvido? Cuando hice el ridículo de aquella forma tan ridícula. Y, aunque, he intentado que ese episodio no volviera a mi cabeza, ahí estás tú, dejándome claro que debo recordarlo para que no vuelva a pasar. Pero, sigue pasando, porque yo soy así, no aprendo de mis errores. Aunque tú ya lo sabes y te encargas de que yo no pueda olvidarlo.
La segunda es el dolor. Contigo aprendí el dolor del recuerdo. El recuerdo del dolor. El daño que puede hacer cuando te olvidan. El castigo que supone cuando soy yo la que no puede olvidar, porque tú no me dejas. Nunca me dejas. No me das un respiro. Me jodes hasta las ganas de recordar mejores tiempos. ¿Por qué dueles tanto? Hasta hace poco pensaba que eras necesaria. Que sin ti no sería nada. Una persona sin su pasado no es una persona. Y los pobres que, aún queriéndote, anhelándote, necesitándote, no reciben de ti más que indiferencia. Algún día te apiadas de ellos y les das una muestra de tu misericordia, una triste prenda como buena dama noble y cortés que eres. Y su felicidad cuando la reciben es tan efímera, como la luz de una luna negra. Y, es que, siento decirte, querida mía, que tú no amas pero, se te da tan bien darnos un triste respiro del olvido. Acudir a ti en momentos de soledad es algo que debería estar en cualquier manual de psicología barata, de esa que cualquiera puede escribir. Porque un buen psicólogo te dice que debes aprender y olvidar y nunca repetir. Pero, ya ves, eres más que una droga, como una religión. Matas y aún así tus fieles siempre vuelven a ti, te buscan y te necesitan para pensar que hubo algo mejor.
Y, siendo sincera, creo que no te debo más razones. Que dan igual las escusas. Porque por mucho que yo corra, tú siempre serás más rápida, más lista. Siempre me encontrarás. Tal vez un día me atreva a plantarte cara. Tal vez me des una paliza. Seguramente, casi me mates. Pero, lo que sí sé, es que seguiré intentando huir de ti porque, como ya te he dicho, nunca aprendo de mis errores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario